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Allí, el mandatario saludó el  encuentro, en el marco del Bicentenario, como una oportunidad hacia el futuro.

 

 

 “Ya tenemos la independencia general, ahora díganos qué hacemos con ella”

El General en su Laberinto - Gabriel García Márquez

 

Para comprender por qué estamos hoy acá, necesitamos saber, en primera medida, de dónde venimos. Es por eso que, caminando en el ayer, la historia de nuestra Colombia puede describirse así:

En un largo caminar, ése que iniciará el libertador en el Congreso de Angostura en 1819 y, como si fuese un designio de la Providencia, desde esos Llanos del Orinoco pasando por Pisba y terminando en el memorable Pantano de Vargas, esta nación se ha venido construyendo de paso en paso, de lucha en lucha, de aprendizaje en aprendizaje.

Saludo con beneplácito este encuentro, en el marco de 200 de nuestra Independencia, la misma sellada con sangre de patriotas en tierras Boyacenses. 200 años de una Colombia que ha sabido forjarse dentro del horno del sufrimiento de nuestras guerras intestinas.

Es así como Colombia, después de los fragores de la Batalla, ha tenido que empezar a atinar cuál es la estructura que ha de proporcionar estabilidad política y bienestar a sus ciudadanos. Desde los neogranadinos, que poco o nada eran sabedores del arte de gobernar, y por eso, al quedar liberados del yugo de la monarquía, no supieron a ciencia cierta qué hacer con la tan anhelada libertad, qué hacer después del fin de la epopeya. La patria gritaba independencia, pero la herencia española había dejado su carruaje administrativo, que aún hoy, deja ver sus estructuras.

Los primeros años de vida institucional, generaron profundas divergencias políticas y filosóficas entre realistas y patriotas que -200 años después, aún conservan matices de la época.

Cómo conciliar, entonces, las vertientes en favor de la prosperidad de la gente. El centralismo político establecido en el congreso de Cúcuta de 1821, fue la primera impronta de forma de administración pública, se había departamentalizado el país de acuerdo con las antiguas divisiones de estructuras españolas; en 1830 se desintegra el sueño de Bolívar, las posiciones ideológicas, militares y políticas se trenzan en un nudo gordiano irrigado por la sangre hermana vertida a borbollones en suelo colombiano. En 1863, se escribe la Constitución de Rio Negro, que le dio un franco carácter federalista, conformándose los Estados Unidos de Colombia, firmándose un Estado descentralizado pero reservando al gobierno central, el Crédito Público, el manejo del ejército, el comercio exterior, sus sistemas monetarios, y el fomento de las vías interoceánicas. En 1886, Rafael Nuñez, revierte los procesos e impone el centralismo, dando la estacada final a los agonizantes estados, convirtiéndolos en los actuales 32 departamentos.

Se observa entonces -como lo dice Estupiñán Achury y Hernando Valencia Villa- en nuestra historia constitucional colombiana que las relaciones del centro periferia han sido transformadas cada vez que se ha expedido una nueva constitución o ha actuado en el poder alguna tendencia de carácter liberal o autoritario, es decir, que dicha relación ha estado a merced del gobernante de turno, de su concepción sobre la conexión entre dichos extremos y de las imposiciones y las tendencias externas e internas dadas en asuntos de modelo territorial. Generalmente, una historia desequilibrada que ha beneficiado al Estado-Centro en detrimento de la periferia. Las oscilaciones han confluido a favor del modelo territorial unitario. Una constante que se lee en la historia constitucional a partir de los rasgos básicos que caracterizan las relaciones entre poder y territorio en Colombia.

Sin embargo, estos ánimos centralistas son atemperados con la promulgación de la Constitución de 1991, en la que se consagra los preceptos y anhelos de los constituyentes de esa Asamblea Nacional, de construir una Colombia más equilibrada en cuanto al eje central de Bogotá y acercar el poder y los recursos a las necesidades de las regiones.  

La Constituyente del 91, pudo acertar en el camino hacia las soluciones de fondo, que requiere esta patria, el gran reto es consolidar esa vía, la de la autonomía de las entidades territoriales, la de la ecuánime distribución de recursos, la de saber enfrentar el posconflicto y la protección a sus líderes sociales, la de la verdadera descentralización administrativa.

Se han hecho avances en el trabajo de la descentralización gubernamental es cierto, pero falta seguir caminando los senderos que nos acerquen al ideal del justo equilibrio entre recursos generados por las propias entidades territoriales y su reasignación equitativa en el territorio.

El poder ha radicado en el centro y la periferia ha sufrido las nefastas consecuencias, aún no sabemos cómo a 2.600 metros de altura, se impone la manera de ser y de vivir a línea de mar; no sabemos cómo -la concepción de territorio de la ciudad de Bogotá, dictamina el número de grupos que debe haber en un salón de clases incrustado en las montañas boyacenses; o en las selvas de nuestra Amazonía; aún me pregunto cómo hemos podido sobrevivir a unas líneas de mando que desconocen de lleno, la diversa condición geográfica, racial y cultural de nuestro territorio.  

Siendo precisamente la particularidad de nuestros pueblos, la que hace imperativa una estructura de gobierno dada a esa realidad de la provincia, y poder continuar la tarea inacabada de fortalecer la autonomía regional, en beneficio de la heterogeneidad, diversidad, descentralización y pluralismo.

Este año, recibimos la ley 1962 (28 de junio de 2019), o ley de Regiones, esta norma establece que el Estado colombiano desarrollará sus funciones utilizando la figura de las regiones, para planificar, organizar y ejecutar sus actividades en el proceso de construcción colectiva del país, promoviendo la igualdad y el cierre de brechas entre los territorios. 

La ley tiene por objeto dictar las normas orgánicas para fortalecer la región administrativa y de planificación (RAP) y establecer las condiciones para su conversión en región entidad territorial (RET). Es así como, la primera línea, la que tiene que ver con la parte administrativa y de planificación avanza en satisfacción; los de acá conocen y saben resolver las dificultades de acá y los de allá conocen y saben resolver las dificultades de allá; no obstante, el margen de maniobra se mengua si el flujo de caja no acompaña las buenas intenciones. Si tiene autonomía el elegido gobernador del gasto público, de poco satisface si no tiene cómo invertir para resolver las dificultades de la comunidad que lo eligió, ¿cómo satisfacer las múltiples necesidades, con los recursos escasos?

La ley de Regiones establece que “El ordenamiento territorial promoverá el establecimiento de Regiones de Planeación y Gestión, Regiones administrativas y de Planificación (RAP) y de Regiones. como Entidades Territoriales (RET) como marcos de relaciones geográficas, económicas, culturales y funcionales, a partir de ecosistemas bióticos y biofísicos, de identidades culturales locales, de equipamientos e infraestructuras económicas y productivas y de relaciones entre las formas de vida rural y urbana, en el que se desarrolla la sociedad colombiana”.

Sin embargo, la simple expedición de la ley no garantiza que se avance en el proceso de autonomía regional y de superación de las necesidades más apremiantes de nuestros territorios; por eso, es preciso pensar en las zonas especiales de inversión para la superación de la pobreza extrema; es preciso que sepamos qué se quiere y a qué se le va a apostar.

Si no hay recursos, no se puede hablar de autonomía departamental; si no hay una reforma estructural a los tributos no sirve de nada. Cada vez que hablamos de competencias, hablamos de dinero, si el dinero se maneja desde el centro no hay nada qué hacer, por tal razón, estamos configurando el paso en el manejo administrativo y de planificación, pero es preciso que se descentralice también, el manejo de los recursos.

Vamos caminando, vamos avanzando y veo con serenidad el futuro, considero que las regiones sabrán aprovechar los términos de esta ley para configurar el mapa de las reales necesidades de las poblaciones, para invitar a la asociatividad y al fortalecimiento entre regiones. Los mapas de nuestros territorios marcados por la sedimentación de los ríos, la deforestación indiscriminada y la contaminación provocada por la minería ilegal, a pesar de la proliferación de normas, permiten ver que la ausencia de una visión de conjunto se expresa en la falta de articulación del ordenamiento de los municipios con las dinámicas del territorio. De acuerdo con la ley de regiones, las RAP deben propender “por la coherencia y articulación de la planeación entre las entidades territoriales que la conforman”. Así mismo, se avanza en la clarificación de la función de los departamentos, la RAP facilita la acción conjunta de varios departamentos, y pone énfasis en la función que tienen como ordenadores del territorio.

Espero que este encuentro sea una oportunidad para que tras 200 años de independencia pensemos en prospectiva nuestro país, que no simplemente, propendamos por dar soluciones inmediatas, sino que, veamos nuestros siguientes 200 años de manera acertada y sostenible en el tiempo, bajo los contextos y las dinámicas que el mundo nos impone. Espero que las futuras generaciones se sientan orgullosas de los resultados de este encuentro y que nuestra atención se concentre en el reconocimiento de la sacralidad de la vida en todas sus manifestaciones.

 

Muchas gracias. 



Reto 2018


 

 

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